La segunda vez que pude verlo fue el Roma, trece años después, ahí entendí porqué Roma es Roma, no puede prescindir de su gran tesoro: el Papa. Ese día fue uno de los más felices de mi vida, habían pasado trece años y era como si el tiempo no había pasado y ahí estaba Juan Pablo con su cariño, con su amistad, porque en verdad era una amigo, a pesar de que eramos miles todos sentíamos como si estábamos en un pequeño grupo riendo, cantando, conversando como en cualquier fiesta, nadie era un invitado extraño. Ese año pude verlo dos veces más: una en Tor Vergata, en la Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud y la otra en la Misa de clausura. Esa vez sucedió algo insólito. Llegamos a eso del medio día a Tor Vergata, un parque inmenso marcado por pequeños maderos con diferentes colorees. El nuestro el gris. A lo lejos se veía una cruz que indicaba el escenario donde estaría el Papa, pero era mejor no hacerse muchas ilusiones, con suerte podríamos tomar ubicación ante una pantalla gigante, de las muchas que estaban esparcidas por el campo. Así pasaron las horas. A eso de las tres llegaron unos amigos que tenían unas entradas para palco, es decir, un lugar cercano al escenario junto a Juan Pablo II. Nadie lo creía, pero así todo decidimos ir a ver que sucedía. Caminamos media hora o más hasta llegar a un estricto cerco, ahí nos desprendieron de botellas y los palos de las bandera y luego de un chequeo prolijo pudimos entrar. Volver la mirada atrás y ver a toda esa gente era impresionante, impagable y me preguntaba que había hecho para merecer tal regalo, sólo Dios lo sabe. Fue unas horas felices. Recuerdo aquellos rostros, tanta alegría, tanta paz. Cuando llegó Juan Pablo, todos corríamos y ahí estaba nuevamente feliz, tan feliz como nosotros.
2 de abril de 2008
Roma eterna
Hoy se cumple un año más de la muerte de Juan Pablo II. Tuve la oportunidad de verlo varias veces y yo diría que fue un regalo inmerecido para mi. La primera vez que lo vi fue en La Serena, por estas mismas fechas, y tengo que reconocer que no sabía mucho del Papa, sólo que era una visita muy importante y que era el Papa. Fue una mañana calurosa. El lugar donde estaba ubicado jamás me permitiría ver a Su Santidad de cerca, así que me dediqué a dar vueltas o simplemente a cantar o conversar. Al medio día, pude avanzar un poco, pues todo el mundo se desordenó y ahí me situé al lado de un camino ripiado por donde se suponía, pasaría el Papa. Pasaron las horas y de un momento a otro todo el mundo se agitó y corrían y cantaban, era extraño. El papa móvil avanzaba despacio, lo podía ver a lo lejos, pero muy difuso, su rostro, su figura era borrosa y ahí me vino una decepción grande: el Papa no se veía a pesar de que estaba aferrado a la reja, pero a medida que avanzaba podía verlo claramente y era impresionante lo que sucedía, jamás había visto a alguien tan contento, fuerte, era como un imán. Aún recuerdo aquella imagen para pensar que a las grandes personas se les conoce de apoco, un instante no basta.
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