25 de abril de 2008

Suerte

"Tienes que darte con una piedra en el pecho" me dice frecuentemente, en tono de broma, un amigo, creo que no deja de tener razón, pues tengo la suerte de vivir en un país que es "el niño rico del curso" o mejor dicho el "niño bien" en medio de un "barrio callampa". Varios indicadores nos sitúan por sobre nuestros vecinos y somos todo lo que ellos quieren: una economía floreciente, orden fiscal, inversión, libertad de inversión, libertad para arreglines "legales" (en medio de tanta maravilla no se nota si uso un auto fiscal para transportar mis frangüesas), un gobierno estable, presidente mujer, aunque eso ya no es una exclusividad, dinero para regalar en la proximidad de las elecciones, bonos para esto y para lo otro, representantes "propios" en cada institución para que defiendan nuestros intereses, obras públicas por montón, sean estas verdaderas o un montaje, a veces no se sabe si realmente existe o no, pero eso es un mero detalle y un descalabro de precios que no se nota, pues los que deciden tienen de sobra como para no sentir la angustia del sobre endeudamiento o de la falta de recursos o cuando no hay mas opción que una taza de té y del peor. Tengo la suerte de vivir en un país donde nos damos gustos de ricos, nos ocupamos de "grandes problemas", "grandes opciones", de esas que nos hacen salir a la calle para protestar por un fallo que no nos gusta e intentamos que se haga nuestra voluntad a como dé lugar, para eso somos solidarios, progresistas y todo lo que se lleva y es políticamente correcto, los verdaderos problemas quedan para "después". Tengo la suerte de vivir en un país donde la suerte cambia a cada rato pues hoy se me respetan mis derechos fundamentales, quizá porque tengo esta suerte, pero si fuera "chino" no la tendría, me encandilo con los millones y dejo de ser el icono de los derechos humanos por unas tres chauchas. Esa es mi suerte.

11 de abril de 2008

Amor y odio

Amo esta ciudad y al mismo tiempo la odio con todo mi alma, si es que a este sentimiento que tengo se le puede llamar odio. Acá encontré a mis amigos, amigas, el canto del mar, ese eterno jugueteo de las olas (¿serán las mismas olas las que juegan con la arena o tendrán una especie de turno?) Amo esas calles que suben al cielo, que bajan con dolores al mar y que suben nuevamente con esperanzas y que se funden en escaleras, en pasajes, en las piernas de las porteñas o en los vagabundos o el los buques que descansan y duermen su siesta. Amo ese desorden, ese inimaginable desorden, pero odio todo esto. ¿Las razones? No hay razones, es simplemente así. Punto.

10 de abril de 2008

Sinceramente...

Sinceramente digo que mi corazón no pertenece a persona alguna y que mis ojos sólo ven las estrellas y que cada noche me parecen menos. Sinceramente digo que el corazón no puede estar partido por el intento del olvido o el intento de encadenarte al pasado, simplemente todo es presente. Sinceramente gracias a todos.

6 de abril de 2008

Abandono

Con frecuencia las personas terminan abandonando lo que quieren, pero una cosa más compleja pasa cuando el "abandonado" eres tú. Recuerdo muy bien esas palabras que se dicen al vuelo o al calor de una velada y que ahora ya no suenan en los oídos. "No si vamos a ser amigos por siempre" "Te quiero tanto amigo" "Amigo, eres lo máximo" Si, todo es verdad hasta que el tiempo borra mis número telefónico o la dirección de correo o hasta que las innumerables cosas que tienes que "hacer" copan tu agenda. Si es verdad, tienes muchas cosas que hacer, pero es verdad también que anduviste en el emails y no hubo un "hola, cómo estas" "Te quiero, no te olvido" Hemos perdido el tiempo diciendo que nos querremos por siempre, cuando en verdad sé que no estoy en tus pensamientos ni en tus ratos libres. Es simple, pero nos pasa lo que a todos: nos hemos abandonado.

4 de abril de 2008

Libreta Negra

En mis días en Buenos Aires visité una gran librería en calle Santa Fe: El Ateneo, un antiguo cine convertido en un lugar impresionante. Ahí encontré una pequeña libreta negra, sencilla, pero muy hermosa. Es extraño, me sentí poderosamente atraído por ella y pensaba anotar todos mis pensamientos más secretos, aquellos que no se pueden o no se deben contar. Me imaginaba que ella pasaría a mis amigos y en una de esas, a alguien se le ocurriría publicar aquellos garabatos. ¿Qué anotaría en esa libreta? Los nombres de mis amigos, amigas, crónicas de viajes, los besos robados, besos regalados y las sonrisas y también las estrellas que he visto en los ojos de la única persona que he amado en la vida o las palabras que me ha dicho o simplemente las sonrisas que me ha regalado y todas aquellas que yo no regalé, los días de lejanía, los días de tristeza, los días de soledad, los días de furia, de pereza, simplemente los días. Anotaría el número de las noches en que su figura me arrancó un "Gracias Dios mío, sé que no merezco esto y sin embargo está ahí. Gracias Dios". ¿Y las aves que vi perderse en su mirada? ¿Y los ladridos del perro? ¿Y los cantos? Pensé entonces que era mejor anotar eso en mi memoria y que una vez al mes iría a mi libreta virtual para volver sobre esas páginas escritas ahí, lo único malo es que cada vez que lo hago puedo ver su rostro tan nítido como si el tiempo no hubiese pasado y repaso su sonrisa, sus manos, sus ojos y me duermo en ellos hasta despertar en la nebulosa que es mi vida. ¿La pequeña libreta del Ateneo de Buenos Aries era mágica? ¿Por qué pensé en aquel entonces que toda una vida cabía en unas cuantas páginas?

2 de abril de 2008

Roma eterna

Hoy se cumple un año más de la muerte de Juan Pablo II. Tuve la oportunidad de verlo varias veces y yo diría que fue un regalo inmerecido para mi. La primera vez que lo vi fue en La Serena, por estas mismas fechas, y tengo que reconocer que no sabía mucho del Papa, sólo que era una visita muy importante y que era el Papa. Fue una mañana calurosa. El lugar donde estaba ubicado jamás me permitiría ver a Su Santidad de cerca, así que me dediqué a dar vueltas o simplemente a cantar o conversar. Al medio día, pude avanzar un poco, pues todo el mundo se desordenó y ahí me situé al lado de un camino ripiado por donde se suponía, pasaría el Papa. Pasaron las horas y de un momento a otro todo el mundo se agitó y corrían y cantaban, era extraño. El papa móvil avanzaba despacio, lo podía ver a lo lejos, pero muy difuso, su rostro, su figura era borrosa y ahí me vino una decepción grande: el Papa no se veía a pesar de que estaba aferrado a la reja, pero a medida que avanzaba podía verlo claramente y era impresionante lo que sucedía, jamás había visto a alguien tan contento, fuerte, era como un imán. Aún recuerdo aquella imagen para pensar que a las grandes personas se les conoce de apoco, un instante no basta.
La segunda vez que pude verlo fue el Roma, trece años después, ahí entendí porqué Roma es Roma, no puede prescindir de su gran tesoro: el Papa. Ese día fue uno de los más felices de mi vida, habían pasado trece años y era como si el tiempo no había pasado y ahí estaba Juan Pablo con su cariño, con su amistad, porque en verdad era una amigo, a pesar de que eramos miles todos sentíamos como si estábamos en un pequeño grupo riendo, cantando, conversando como en cualquier fiesta, nadie era un invitado extraño. Ese año pude verlo dos veces más: una en Tor Vergata, en la Vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud y la otra en la Misa de clausura. Esa vez sucedió algo insólito. Llegamos a eso del medio día a Tor Vergata, un parque inmenso marcado por pequeños maderos con diferentes colorees. El nuestro el gris. A lo lejos se veía una cruz que indicaba el escenario donde estaría el Papa, pero era mejor no hacerse muchas ilusiones, con suerte podríamos tomar ubicación ante una pantalla gigante, de las muchas que estaban esparcidas por el campo. Así pasaron las horas. A eso de las tres llegaron unos amigos que tenían unas entradas para palco, es decir, un lugar cercano al escenario junto a Juan Pablo II. Nadie lo creía, pero así todo decidimos ir a ver que sucedía. Caminamos media hora o más hasta llegar a un estricto cerco, ahí nos desprendieron de botellas y los palos de las bandera y luego de un chequeo prolijo pudimos entrar. Volver la mirada atrás y ver a toda esa gente era impresionante, impagable y me preguntaba que había hecho para merecer tal regalo, sólo Dios lo sabe. Fue unas horas felices. Recuerdo aquellos rostros, tanta alegría, tanta paz. Cuando llegó Juan Pablo, todos corríamos y ahí estaba nuevamente feliz, tan feliz como nosotros.

Siglos esperando

Sigo acá esperándote. Quizá en algún momento te recuerdes de mi o quizá no quieras hablar de las cosas que pasaron o de las que podrían pasa, pero sigo esperando.

La espera, es una de las cosas más difícil que existen, uno nunca sabe como va a resultar, podría ser que fuera un perfecto fiasco o simplemente maravilloso. No hay una espectativa cierta sobre los sucesos o puede que nunca lleguen y todo el tiempo, sea sólo eso, tiempo.